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Para Ramiro, fue la oportunidad e ilusión que tanto deseaba: “dibujar” y, con ello logró conciliar las enseñanzas académicas que tanta incomodidad le causaban.

En 1940 llegó la fecha en que Ramiro adquirió la mayoría de edad (21 años), momento en que le hizo saber a su familia que estaba decidido a ser pintor, a lo que su padre le respondió con firmeza:

- Antes de que tomes esta decisión, ve a visitar a tu tío, el Obispo Luis González Romo, y coméntale lo que quieres estudiar y que te indique si es correcto o no (opinión significativa que se tenía que tomar del patriarca de la familia).

Ramiro, con el ímpetu que le caracterizaba y el respeto a los códigos familiares aún vigentes, acudió de inmediato con su tío a la iglesia en la que oficiaba para plantearle su inquietud:

- ¡¿Qué te trae por aquí Ramiro?!

- Me manda mi papá para decirle a usted que quiero ser pintor.

- Y el padre Romo, sin voltear a verle, le dijo: - Dile a tu papá que esa afición es muy difícil de quitar.

Para el joven Ramiro, la respuesta que su tío le dio fue de una gran alegría, puesto que en ella vio realizada su plena vocación y, por consecuencia su padre, no de muy buena gana, aceptó la decisión que su hijo había tomado.

 

 
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